jueves, 18 de febrero de 2016

Transferencia y contratransferencia (3a parte)



Transferencia positiva y negativa





  

La forma de transferir emociones pasadas al terapeuta tendría dos posibilidades básicas:

  En la transferencia positiva se ponen en el terapeuta las emociones positivas o afectos que han quedado frustrados o no han podido ser depositados anteriormente en las figuras del pasado (que serían principalmente parentelas).

  Esta transferencia no se debe confundir con lo que viene llamándose la transferencia relacional y que es la que se produce durante el proceso terapéutico a consecuencia de adentrarse en la mutua confianza. A veces se habla de ella como “vínculo”,  pues es el lazo que permite la comunicación sincera de uno con el otro. En este sentido, siempre es positiva cuando se da (al ser la confianza algo “positivo”). Verdaderamente no es una transferencia, sino la posibilidad de mantener una relación de certeza y de intimidad  entre el terapeuta y el cliente,  para poder comunicarse sin raparos.

  La transferencia positiva hace que el cliente deposite en su terapeuta emociones personal o socialmente aceptables, como la calidez, la magnanimidad, la protección, la bondad, la sabiduría, la valentía, la atracción erótica o sexual…Estas cualidades quisieron o necesitaron ser puestas en los padres o figuras primarias y no pudieron o no se dieron originalmente de forma conveniente, quedando frustradas o incompletas. Al ser necesarias para el funcionamiento e integración organísmico, se pueden tratar de depositar en el terapeuta a fin de afianzarse y resolverse. Es importante que éste se dé cuenta de lo que se produce, para que el paciente reconozca estas necesidades insatisfechas de las que no se puede hacer cargo en el presente. Y es imprescindible que el terapeuta lo perciba,  ya que podría llegar a “creerse” que esas emociones son “reales” (desde un deseo narcisista o de una situación contra-transferencial). Ante la deseada disolución de las situaciones inconclusas (transferenciales), el terapeuta que no se percate se encontraría ante un espejismo que le situaría en la penosa situación de no poder aceptar que lo que parecía “real” no lo es ya. Esto es algo que a muchos nos ha pasado o podido pasar, particularmente al tratar de ver al paciente como amigo, hija amorosa o recipiendario de amor…, cuando lo que está realmente pasando es ese espejismo transferencial. Gestálticamente se trataría de un asunto inadecuadamente concluso.

  En la Transferencia negativa se depositarían en el terapeuta las emociones negativas que no pudieron ser puestas en las figuras primarias. Así el odio, el rencor, la desconfianza, la indiferencia, la rabia, la frustración y otros emociones negativas. El terapeuta puede verse inmerso en esta situación y no saber como reaccionar, si no percibe que se trata de algo no dirigido específicamente hacia él. Al igual que en la positiva, habrá de poder distinguir lo que es real de lo imaginario, para colocar los límites sin entrar en una defensa personal y egóica, o en la propia desvaloración.

  En la literatura analítica se habla también del término de “neurosis de transferencia”, con el  que se pretende definir la alteración de la relación entre terapeuta y cliente, por la que este último mantiene una actitud ciega y exigente hacia su terapeuta para que se comporte como su ideal (neurótico). De esta manera, no suelta la figura de padre o madre ideal y “salva” toda situación de contacto real con esta exigencia. Cualquiera que sea la actitud del terapeuta (más o menos transparente) intentará verle  por ejemplo como “la madre ideal” o “el cabrón que no para de fastidiarme”.

Es importante subrayar una vez más que, para que la relación humana sea verdadera, es esencial que el terapeuta establezca los límites entre lo auténtico y lo falso y no se deje "tentar” por la omnipotencia propia o la impotencia ajena. Para ello, precisará no aceptar lo irreal y “declarar” o “confrontar” las deformaciones que su paciente pretende interponer entre ambos para no asumir su responsabilidad de adulto en el presente.

 En este sentido, el trabajo terapéutico desde la transferencia es esencial a un proceso. Si no está convenientemente finalizado es posible que la persona busque otras “ayudas”, para tratar de “colocar” esas situaciones frustradas o frustrantes, manteniendo la idea grandiosa o deformada sin poder concluirla. Como terapeuta he podido ver que, en ocasiones, los clientes buscan cambiar de terapeuta para poder concluir lo que consideran imposible con el actual. Ello puede ser debido a una insuficiente clarificación de la transferencia o de la contratransferencia.

  Finalmente, es interesante ver en un proceso como, en la relación el paciente o cliente, pasa por poner al terapeuta  lo positivo o lo negativo, generalmente de forma alternativa. En ambas situaciones se dificulta el trato autentico, sobre todo en la medida en que el terapeuta no lo percibe o lo tolere.

 Se habla también (particularmente en la literatura psicoanalítica) de la transferencia (y contratransferencia) sexual.  Es en realidad una variante de las anteriores, especialmente de la positiva.

  En la terapia psicoanalítica fue, y en buena medida sigue siendo, uno de los factores determinantes de la terapia, tanto por el vínculo como por la interpretación de las vivencias del paciente.

  En  Terapia Gestalt es una asunto más, que `puede tener mayor relevancia en algunas personas que en otras.

  Es importante distinguir en este asunto, al igual que en la transferencia positiva o negativa,  que hay actitudes del terapeuta que pueden provocar reacciones positivas, negativas o sexuales por parte del cliente. Estas actitudes no tiene porqué ser contratransferenciales, sino poco conscientes o, a veces, poco éticas. Puede suceder que el terapeuta se auto-engrandezca o no sepa mantener una postura suficientemente distante o equilibrada. Y, con ello, provoque situaciones indeseables en la relación. Sin que ello suceda precisamente porque hay algo “transferencial” por la otra parte.

  La posición del terapeuta requiere un grado de consciencia alto. Casi siempre también de una supervisión acerca de las reacciones que le provoca su cliente. Es importante que el “campo” esté clarificado por su parte.

Por ello, debemos distinguir entre atracción sexual (posible, ordinaria y natural) y transferencial. Esta última tiene matices de situaciones pasadas no conclusas que se depositan el terapeuta (y, eventualmente, pueden ser inadecuadamente correspondidas por el terapeuta). Una vez más el terapeuta debe saber distinguir muy bien entre lo que es presente y lo que está fuera (en el pasado/futuro). 

  Puede ser que, como se ha mencionado por algún autor, la sexualidad no sea sino una parte, importante, de la persona, como igualmente lo son las relaciones de poder, el afecto o las necesidades económicas. En cualquier caso, el terapeuta no está ahí para aprovecharse de ninguna, en función de su rol. No solamente no sería ético, sino además poco funcional para la relación entre ambos. La literatura y los chismes estás llenos de casos en que un aprovechamiento de la transferencia da lugar a penosas consecuencias (no solamente penales).

  Que puede existir esa transferencia o proyección sexual en el terapeuta, sin duda. Y viceversa, también.

  Que la responsabilidad profesional del terapeuta se ve implicada, absolutamente. Que no solamente por el hecho de ser sexual, sino también en los ámbitos afectivo, económico, o de poder: seguramente.

  En todos los casos, hemos de poner atención al presente y no despistar una situación relacional con otra.

  La transferencia en el sentido sexual ha de ser tratada con la misma delicadeza y presencia que las demás y suele tener menor duración en el tiempo. Habitualmente, cuando no se evita, no se exagera, ni se le da más importancia que la que pueda tener en el contexto de la vida del cliente y de la relación terapéutica, suele disolverse en el amplio contexto del vínculo entre las dos personas.

  Aún cuando la transferencia se produce, analíticamente, en la relación paciente/ terapeuta, la situación transferencial fuera de una terapia también existe. Por ejemplo,  todos hemos podido ver como alguien “nos cae mal o bien”, sin saber exactamente las causas. Muchas veces puede tratarse de una analogía que nos lleva a personas o situaciones pasadas no conclusas y que han permanecido sin tener acceso a la consciencia. Al darnos cuenta, recuperamos la vista y la experiencia se hace más rica y variada. Disponemos de mayor diversidad en el contacto.

  El encuentro verdadero, el contacto entre dos personas existencialmente hablando, precisa de una atención intensa. Las nieblas del pasado, los traumas, los asuntos negativos dejados atrás, las idealizaciones, ponen trabas a esta posibilidad.

  Por ello, quienes buscan ese encuentro necesitan liberar esas “cargas” para que puedan enriquecer y enriquecerse con el contacto con el o lo otro.


  Y aquí radica, a mi juicio, el valor del análisis de la transferencia, de su tratamiento personalizado y del enfoque presente que tratamos en terapia Gestalt.












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