El regreso
Los viajes tienen un poder transformador para mi. La vuelta a casa, con una cosecha de experiencias nuevas, de encuentros con personas distintas a las de mi ciudad o mi país, el contacto con un nuevo clima, con la naturaleza de cada parte del Globo, los alimentos, las formas de vestir, los bailes, las conversaciones acerca de... Vuelvo siempre con la mente más amplia, como si mis orejeras se difuminaran y llegara una mayor aceptación de todas las formas de ser, de creencias, de culturas.
A pesar de la “aldea global”, hay contactos que solamente pueden darse en el curso de viajes. Además, los asuntos de casa, los problemas cotidianos se quedan atrás y , al volver, puede que los vea de otra manera y con menos importancia personal.
Siempre aprovecho mis viajes para llevar un par de buenos libros, a lo que últimamente añado música que, en ocasiones, apague los ruidos desagradables que están ya casi en todas partes. La lectura en viajes siempre tiene un gusto diferente de la que realizo en casa. Mi atención puede que tenga otro eje y el aprendizaje se me hace, como en esta ocasión, más profundo. He encontrado en la relectura del de Rollo May una nueva forma de entender su mensaje psicoanalítico, tan humano, tan compasivo, bien diferente de la ortodoxia trasnochada… Y es que los libros, como las personas, tienen más de una lectura.
Y esta casa, que ha acogido, entre otras cosas, mis dificultades de salud, es ahora un poco ya mi casa. El canto de los tordos negros, alegre y escandaloso, que inicia al amanecer y que me despierta como un aviso de que el día me espera, el canto de los gallos que se prolonga durante casi todo el día y la noche, el silencio de las plantas, ocasionalmente interrumpido por el rugido de un motor o la intensa y larga llamada a la misa de la mañana o de la tarde, desde el campanario de la opulenta iglesia que domina el pueblo.
Las gentes me recuerdan los pueblitos de mi infancia, con su mercadillo, sus comidillas, en ambos sentidos, gastronómico y noticioso, los saludos de quienes todo conocen y de todos son conocidos. Hay algo tribal todavía en un pueblo del interior profundo, algo que te hace sentir acompañado, como un barco que navega con su tripulación no siempre en buenos términos, pero que viaja en la misma dirección.