lunes, 13 de mayo de 2019

La envidia


Poco a poco parece que mi blog va perdiendo fuelle.
Inevitablemente todo tiende a terminar.
Antes de ello. pretendo terminar los artículos dedicados a los pecados capitales.
El que publico ahora, que lo ha sido en la revista anual de la AETG de este año, pretende no ser por lo tanto el ultimo.
Gracias a los que me leéis y comentáis.
MIGUEL







La envidia como impulso fraterno


“El gobierno más difícil es el de uno mismo.”

   El vocablo envidia procede del latín: in videre, meter algo en el ojo.  De ahí, algo así como provocar el mal de ojo. Entendido de esta manera, parece dejar fuera el sentimiento que mueve a la persona a cometer esa acción una emoción, que es de pesar o de rabia. Dolor o enojo al no tener para sí mismo lo que se percibe que tiene otro o los demás: un sentimiento carencial.
La  emoción envidiosa (carencia más dolor o enojo) procede entonces de la sensación de insuficiencia o, más bien, de la de creerse desprovisto al compararse con el prójimo. Cuando en la familia hay hermanos, es probable que la comparación aparezca de inmediato con ellos. En los hijos únicos, el hermano acaba siendo el otro.


La envidia es un sentimiento que hace sufrir a quien la siente, puesto que se queda fijados en la privación y en la comparación negativa, cuando no en deseo de arrebatar al otro lo que tiene. O, simplemente, a despojarle de ello para sentirse menos desigual. La envidia, al igual que todas las pasiones, nos deja limitados a una emoción principal, en este caso negativa. Al hacerlo, al dejarnos estar en ese anclaje, el dolor (en este caso la carencia del algo) se convierte en sufrimiento. Sufrir puede decirse que es quedarse establecidos en el dolor o en la emoción negativa.

Sin embargo, ese mismo sentimiento de falta comparativa es también una posible fuerza a disposición de quien la siente. Tomar conciencia de ello   puede permitir al envidioso pugnar para conseguir algo que desea, en función de verlo en otro y sin que para ello sea necesario arrebatárselo. Puede ser algo que nos saque de un estancamiento personal. Entonces la envidia puede transformarse en un deseo de superación personal. Al mirar al otro, al hermano/a, al compañero o vecino,  hay una movilización hacia una meta constructiva. Conseguir  algo en función de un deseo que no implica el mal ajeno, sino la consecución del bien propio.

   Una buena parte de los avances de nuestra especie como sujeto global se ha basado en este impulso comparativo que ha sido un incentivo positivo de progreso, tanto personal como social. Esa superación se ha producido en todos los campos. Infelizmente en el dominio del poder  y de la guerra, del homicidio como Caín,  pero también en el de la solidaridad, la cooperación, la agricultura, la ciencia o los medios de comunicación.

   En el campo del conocimiento personal la envidia ha sido tratada también desde la filosofía o la reflexión profunda:

La envidia es mil veces más terrible que el hambre
porque es hambre espiritual.

    Don Miguel hace referencia aquí a que el humano, sediento de una base anímica que le de sentido a su vida, se deja llevar por la corriente de la envidia. Y ese impulso, que tiene una fuerza mayor que el hambre, está en el fundamento de sentirse espiritualmente vacío. El hambre física puede saciarse con alimentos, mas sin embargo el hambre espiritual, de no lograrse un sentido vital, es un agujero sin fondo que provoca sentimientos negativos, voracidad, comparación, deseo de tener lo que los demás tienen. Pero esto último no sacia, pues es confundir un deseo con otro: la posesión de lo material, la carencia de una cualidad ajena,  con una falta de sentido vital.

 Lo que tan prodigiosamente describe Dante en su Infierno es algo así. Podemos ver en esa fuerza que quiere llenarse con lo externo, y en particular con lo ajeno, esa avidez insaciable. Ávido en la medida que nada la llena, ni la adquisición de riquezas ni el mal ajeno, pues el aliento espiritual está faltando y buscarlo fuera de sí mismo no repara el hambre, ni repara al hombre.

Unamuno puede ser que se refiera igualmente a que el hambre espiritual nos hace sufrir “mil veces” más que la de alimento material. Y ese sufrimiento tan difícil de sobrellevar nos lleva a negarlo, buscando allí donde nunca lo encontraremos porque ¿cómo encontrar algo que perdimos fuera del lugar en que lo extraviamos?

Puede decirse también que ese vacío interior, que tiene procedencias diversas y en ocasiones muy arraigadas en la historia vita, parte de que la persona envidiosa padece de una falta de confianza en sí:

“Nadie que confía en sí mismo envidia la virtud del otro.”
Cicerón

    Porque confianza en sí es fortaleza, virtud: es vir, que de allí viene virtud. Y nadie tiene porqué envidiar al otro lo que ya posee. Y para Cicerón, si se posee confianza en sí, no es preciso buscarla fuera de sí.


Esto último concuerda bastante con la falsa sensación de ser peor. Dice el refrán que:

“para muchos el jardín del vecino siempre está más verde que el propio”

De manera que no se trata ya de que el mío sea mejor, o peor, sino de la sensación interior de minusvalía y es ahí donde Cicerón incide en la autoconfianza, que es fuerza que no se compara. Puede que sea en este campo donde más frecuentemente vemos la carencia en función del otro, la carencia fraternal.

Pero la envidia, otras veces, proviene de la intima relación con el afán de poder. El poderoso no solamente desea tener algo, sino que desea ser el único que lo tenga. Ya no se trata, como en el cuento, de ser bella, sino de ser la más bella, de ser única. Esto produce una sensación de inseguridad que obliga al envidioso a destruir a quien le pueda hacer sombra, o a no sentirse nunca feliz, pues lo que tiene puede serle arrebatado por otro y ya no ser el único. Lo que tantas veces hemos visto en el hermano desplazado por otro u otra más joven. 

Y, en este sentido, así empieza la definición de la Real Academia de la Lengua, que define la envidia como “tristeza o pesar del bien ajeno”. Entonces, ya no solamente nos molesta no tener, sino que nos resulta doloroso o terrible que el otro tenga.  Llevado a extremos, la felicidad del otro puede ser insoportable pues podemos desear ser los únicos felices, o hacemos siempre la comparativa con el bienestar propio en nuestro perjuicio. Por ello, desde la perspectiva envidiosa,  se dice que es más fácil compadecerse del mal ajeno que de alegrarse de  su bien.

El mito bíblico de Abel y su hermano Caín es un dramático ejemplo de la envidia por el amor del padre, en este caso. Asentado en el dolor de la falta de amor, la envidia fraterna lleva incluso a matar al envidiado para poder ser único en ese amor. En el hermano puede verse a quien le arrebata el amor deseado de los padres o de los demás. De ahí el mito bíblico.

Y así se hace verdadera la frase de  que:

“En la envidia se mezcla el odio con la avaricia, el orgullo y, a veces, el amor.”
Rosa Chacel

    Querer siempre más para sí mismo por temor a quedarse insatisfecho (avaricia), para poder estar híper-satisfecho y sentirse único (orgullo) y poder entonces entregarse al amor, pero ¿qué amor? ¿cómo puede el amor surgir de un sentimiento de avidez producido por la insatisfacción?

Es esa carencia de amor, acaso originada y alimentada desde la primera infancia en una comparativa con el otro/a, la que está sustentando la esencia de la envidia y por ende de la persona envidiosa.  Esa pasión que se apodera de la misma esencia de la persona, haciéndola fantasear que será a través del deseo ajeno como se satisfaga. Una carencia que trata de llenarse vicariamente mediante el deseo de los otros, pero que, como dice Unamuno, se trata de una falta espiritual.

Y, en la palabra espiritual, podemos  incluir y entender el amor. El amor propio desde luego, pero también  el parental, fraternal, social, universal…. La sensación de ser adecuado, válido para los ojos de los demás que, primigeniamente, pueden ser los ojos de la madre desde el primer momento de nuestra existencia. Y para los creyentes que sea el ilimitado amor de Dios. Pero ese Dios bíblico prefiere los corderos de Abel a los frutos de la tierra de Caín…

Ese primer instante en que nos sentimos inadecuados o insuficientes se podría situar en el nacimiento, así como en el momento mismo de la fecundación, o en la primera crianza. Puede ser un momento traumático o, más probablemente, un proceso que se consolida con el tiempo. Hay quien tal vez quiera ir más lejos y acuda al pálpito des vidas anteriores y así la carencia de amor tendría raíces “kármicas”.

En ocasiones, la persona aquejada de la pasión de la envidia se siente además avergonzada de ello porque:

“Entre los desórdenes del alma, la envidia es el único inconfesable.”
Plutarco

El autor latino nos aporta algo diferente y, a mi modo de ver, importante.

Se trata de un desorden del alma. Entendiendo alma como aquello más profundo con lo que nos podamos identificar dentro de la identidad personal. Si el alma está aquejada de la envidia, se entiende que debemos buscar remedios “anímicos”, más allá de las meras actitudes de cambio conductual.

Un alma envidiosa es una alma carente de alimento espiritual. Volvemos a Unamuno. Y, si es inconfesable, es tal vez porque se considera la peor de las pasiones por parte del envidioso. Estaría ahí una paradoja. Sentirse “el peor” es la única abundancia del carente. “Soy el que menos recibió, el más necesitado, el más sufriente”: y en eso se compara y gana.

Y podría ser que en el envidioso se produzca el desorden de un sufrimiento más allá de lo necesario. Que sobrepasa lo que parece real: que está en el alma. O más bien se ha incrustado en el alma. Porque en la envidia hay un lamento, una queja. Acaso esa queja sea silenciosa, o puede que se convierta en una alarido, en una exclamación de sufrimiento.

 O es posible que se transforme en una agresión al mundo que le condena a tener, de por vida, menos que los demás:

¿Qué más os pude ofender para castigarme más?
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿Qué privilegios tuvieron que yo no gocé jamás?

    Le hace decir Calderón a Segismundo en el maravilloso monólogo de “La vida es sueño”.

Incapaz de ver sus propios “privilegios”, el envidioso clama su pena. No puede darse cuenta de su realidad y pugna por salir de esa cárcel. Inhábil para percatarse de qué le hace permanecer allí, de su pasado, de sus propias acciones franqueadas. De un presente del que no sabe hacerse cargo. Se lamenta entonces de que la vida exterior, los otros, son los responsables de su sufrimiento y de la prisión interior en la que se halla atrapado. Busca ahí donde no hay: en la comparación, en el lamento, en el sufrimiento, en la ira contra el otro…

Superar la envidia, como todas las pasiones, requiere una atención hacia el mundo interno. No se trata de algo extrínseco, sino intrínseco al ser. Y lo intrínseco es lo más complejo de percibir. Pues una y otra vez viene el lamento, la rabia, la impotencia ante la sensación de ser menos. Y, una y otra vez, el envidioso busca la solución en el exterior, en cuanto fue preterido, todo lo que su necesidad no fue oída, atendida.

Al ser la envidia una “emoción anímica”, requiere de una virtud del mismo tipo: que sane el alma. La reflexión sobre la realidad ayuda desde una actitud ecuánime. Siempre y cuando exista el perdón, otra forma de aceptar la realidad y que nos catapulta al presente.

En Gestalt se trabaja desde el presente sin dejar de atender a los procesos pasados no conclusos. Sin negar la influencia sobre el presente, repetidamente la ecuanimidad es vista como una vía de solución desde lo que existe, desde lo que hay.

El eterno aquí y ahora que no niega nada, ni de lo que hubo ni de lo que tal vez sucederá.

Traemos la atención al presente tantas veces como sea necesario y con todas las opciones disponibles.




Sabiendo que somos únicos, y no los únicos importantes, en una realidad que fluye permanentemente. La cooperación fraterna se superpone a la lucha por ser el mejor, por disponer de más atención. Por ser el más querido.


“Tener suficiente dominio de sí mismo para juzgar a los otros por comparación con nosotros mismos,
y obrar en relación a ellos tal como desearíamos que obrasen con nosotros:
a esto es a lo que puede llamarse doctrina de la humanidad;
 no hay nada más allá de esto.”







domingo, 25 de noviembre de 2018

Historia del Centro Eleusis Madrid


Historia de Centro Eleusis

El  Mito de Eleusis


Perséfone se pasea por el prado cubierto de fresca hierba de primavera. Flores por doquier bajo sus pies y ese aroma tan especial que se produce cuando las plantas se doblan bajo la humana pisada.
La doncella parece extasiada ante lo que se presenta a sus sentidos y completamente integrada en el paisaje. Todo rezuma a vida, los colores, los aromas, la brisa y la tierra y cierta humedad que ha quedado de las recientes lluvias.
Su cabello, que se mece suavemente en el aire, parece ser como las hojas de los árboles que la acompañan.
Ella se inclina ante un bello narciso que crece silvestre de entre la hierba y absorbe su fragancia. Y el mundo parece detenerse ahí mismo.
Y en ese instante una fuerza sale de la tierra y que, con forma humana, separa la misma tierra y la arrebata. Perséfone desaparece a la mirada de sus jóvenes y tiernas compañeras, las ninfas. No saben qué ha sucedido, mas la joven hija de  Deméter no ha dejado rastro.
Y es que la vida, tan radiante, se ha ocultado en el mundo de abajo. En lo velado. El más allá. El mundo de los muertos.
……………..

La vida, la realidad que percibimos, parece verdadera a nuestros sentidos. Así está hecha la mente del humano, al menos. De manera que, ante la vida, la muerte parece como algo contrario: es vida contra muerte. Por ello, sin querer o queriendo, aprendemos a amar la una y a huir de la otra, sin darnos cuenta de que son dos caras de la misma moneda.
En la antigua Grecia, muerte y vida formaban parte, probablemente, de un mismo signo. El hecho de que Hades, el dios que reina en el inframundo, arrebate a la diosa a su hija nos señala este acontecimiento. Por mucho que Perséfone sea hija de Zeus y de  Deméter, en el mito se nos marca cómo todos estamos sujetos a una regla que define la vida misma: la in-permanencia.
El mito más adelante nos narra como, tras diversas y emocionantes peripecias, Perséfone regresa un tiempo a la vida, aunque otro tiempo ha de permanecer con Hades  en el reino de abajo, en el de los muertos.
Ello da lugar a la interpretación del mito, que viene a decir que todo muere para regresar después. Así como el grano muere en invierno y renace en primavera. O, según lo veamos, muere en el asfixiante verano para renacer con las lluvias.
De esta manera, aceptamos que nuestra existencia es efímera y que dará lugar a una nueva, como quiera que lo pretendamos entender.
En los mitos de Eleusis se iniciaba a las personas que estaban preparadas para asumir lo que se llamaban misterios. Asumir esas verdades no inteligibles requería un secreto (origen de la palabra misterio). Por ello, los iniciados no hablaban de lo que se les mostraba.


Cualquiera que fueran las pruebas que debían pasar los iniciados en el gran templo de Eleusis, lo que sabían y llegaron a experimentar no parece haber trascendido. Hay quien piensa que la toma de una pócima alucinógena permitía ver a la diosa, a la mismísima Deméter,  que revelaba la verdad de la existencia. Tal vez.
Lo que si que parece claro es que el secreto se rompió rara vez y que los iniciados declaraban haber cambiado su forma de vida y la percepción de la existencia misma tras la experiencia de la iniciación en los templos eleusinos.

………….

La Vía chamánica

Los años que viví en México en los 80 fueron de profunda transformación. Podría decir sin ambages que mi manera de percibirme y de ver lo que me rodeaba cambió radicalmente. Nada que ver con algo “milagroso”. Como casi todo en la vida fue un proceso. La sensación de estar allí y estar preparado para el cambio fue racionalizada más adelante. Pero fue así.
La llegada a mi vida de formas más libres de entender el camino, con menos ataduras y el desarrollo de capacidades que estaban ahí pero no habían sido percibidas por mi, se fueron dando continuadamente en un proceso siempre excitante e intenso.
Cuando el discípulo preparado aparece el maestro.  Puede que lo contrario sea cierto también.
Y ese maestro y durante un bien tiempo (aunque falleciera hace 23 años sigue siéndolo) fue Memo. Una extraña carambola vital lo puso en mi camino y anduvimos un buen tiempo cercanos. Las enseñanzas de Guillermo fueron una experiencia inolvidable, desde todos los ángulos. Con todas sus capacidades, con todas sus locuras, con todas sus excentricidades, Memo me enseñó fundamentalmente una cosa  esencial que es buscar dentro de mi. Creer en mi. Querer en mi.
Las enseñanzas ocuparon niveles diversos de consciencia. Y, mientras aprendía técnicas  y conocimiento en la Universidad,  y movía mi cuerpo con clases de psicomotricidad , fui dejando entrar el misterio y conjuntándolo con el resto de mi ser.
…………….

Porqué Eleusis.

 A mi regreso a Madrid, el mito que había aprendido necesitó ser plasmado en la realidad. Y las fuerzas misteriosas, las fantasías, los sueños, todo ello, exigió de mi una vida distinta desde mi forma de concebirla.
Una cosa es saber y soñar y otra distinta es hacer realidad con ello. Requiere un esfuerzo y la diosa está ahí pero no construye por sí misma. Pasamos de la omnipotencia de la diosa a la potencia del humano.
Así que mi deseo de transmitir lo que había aprendido, unido a la certeza de que Eleusis estaba ahora conmigo, me hizo empezar un proyecto pequeño en la calle Gobernador 29, destinado a terapia y desarrollo humano. En este proyecto se unían en mi todas las enseñanzas recibidas, todos los ideales que me habían enseñado y hasta donde los había aprendido.
Fue  un inicio al principio en solitario. Y no mucho después formé un equipo de personas comprometidas consigo mismas y con su proceso.
De ese primer equipo, y de los posteriores que se han sucedido, he seguido aprendiendo que la experiencia personal es la madre de cualquier aprendizaje.
……………

Centro Eleusis 2018

Las personas que colaboramos en Centro Eleusis somos todos/as el resultado de un profundo trabajo interior.
Siempre me fijé más en las personas que en sus títulos o diplomas, porque sigo pensando que el terapeuta precisa haber traspasado, y hasta transgredido, barreras personales para poder acompañar a los demás en sus procesos. Y eso no suelen darlo los títulos por sí mismos. Incluso hay ocasiones en que la aparente protección que dan puede llegar a frenar la creatividad. Dicho con todo respeto.
Trabajar en equipo es tener una meta común. Es pensar en sí mismo y en función de los otros también. Solamente así hemos podido superar las barreras y las crisis que la misma vida del Centro nos ha planteado. El resultado actual es que somos siete terapeutas enfocados principalmente en la terapia Gestalt y dedicados día a día a orientar a las personas que acuden a Eleusis en pos de ayuda o de orientación.
Y la formación en Eneagrama o en Perfil de Hartman, el movimiento, la terapia emocional, la individual o la de grupo, la misma formación en terapia Gestalt que hacemos con la Escuela Quatro,  y muchas más, son la conclusión personal de cada uno de nosotros y el resultado de una colaboración cada día más eficaz y mas cercana.
Todas estanos conscientes de que necesitamos seguir aprendiendo. De las personas que llegan y de nuevos enfoques para poder ser mejores terapeutas.
También cada uno de nosotros sabemos que el proceso personal y de supervisión no termina nunca mientras estamos aquí. Eso nos ayuda y nos estabiliza.
Y con ya una larga tradición y una historia, hoy estamos contentos y orgullosos de poder celebrar nuestros 30 años en este mundo cambiante.
Ahí sigue estando Memo con su sonrisa, a veces amable, a veces socarrona, a veces encabronada recordándomelo. Para mi, su recuerdo es principalmente amor.
Y aquí está ahora Centro Eleusis en su cumpleaños.
A los que ya se fueron gracias: colaboradores, clientes, orientados, alumnos…
Y a los que estamos ¡enhorabuena!
La vida sigue.

Miguel Albiñana
 Noviembre 2018









sábado, 15 de septiembre de 2018

Dordogne (la vibración)



La vibración (En Dordogne)

   

   El sonido de la moto se va perdiendo a lo lejos, dejando como una estela cada vez menos definida. Poco a poco, van apareciendo nuevos sonidos, como el zumbido de la abeja,  y el del moscardón. Más a lo lejos,  el murmullo que llega de la lejana carretera y puede que las voces humanas más a lo lejos todavía.

   La tarde va cayendo y el sol ilumina los bosques de verdes distintos, que coronan a las pequeñas colinas, en una maravillosa sinfonía alrededor del color de la  vida.

   

   Mi atención se enfoca más ahora al momento cercano, mientras la campana de la Iglesia del pueblito cruza el aire con su tañer.

   El sonido en los oídos se hace más intenso, más íntimo. Me recuerda el que hacen las abejas en el panal. Me trae el recuerdo, pero no es  igual. Es más como quien se va acercando al gemir de la fuente, a la que uno va a beber con prudencia.

   Me retiro más cerca de este sonido, permitiendo que se mezcle con el del exterior, con el fruto que cae mansamente del árbol, con el alegre canto del petirrojo, con el leve silbido del viento.

   Y regreso hacia adentro.

   Vienen las palabras del maestro que me trae aquí susurrándome al oído que permanezca conmigo, en mi sensación, que no la interprete, que no la sesgue, que no la filtre entre la tan grande sabiduría de otros.

   Aparece la visita a la cueva milenaria, que me ha traído el obscuro pasado de mi especie, lleno de misterio, y para mi de sufrimiento, de dolor, de ignorancia. Pero también de intensidad,  de descubrimiento y de contacto con lo natural y con lo sobrenatural.

   Y tantas veces la vida transcurre así. Del pasado oscuro a la claridad, para retrotraerse a la ignorancia y la duda.

   Quien cree que el ahora es la solución de todo a veces no se da cuenta de que solamente la sabia combinación del no tiempo, que no es ni pasado ni presente ni futuro, trae la paz a nuestra atención inquieta y sometida a los vaivenes de la ignorancia .

   El zumbido. Ese que me regresa a mi sin perder pie de lo que me rodea, esa paradoja de la consciencia, esa humilde sensación del ahora.

El valle se tiñe de rosa y el río serpentea a lo lejos, entre castillos y cuevas, entre viñas y bosques, entre pueblos y cielo.


 Ahora a mi mente llega que amo, pues amo este delicioso estar, en esta región que se me antoja amable, acogedora, antigua, sin tiempo: la belle Dordogne.