El credo
Etimológicamente,
la palabra proviene de kord o kerd, corazón. Poner corazón a algo.
Pero nada
permanece en el origen y menos las palabras. Lo que en un tiempo fue símbolo
verbal de algo, ahora puede serlo de otra cosa diferente. Así, con la palabra
credo, suele entenderse en estos pagos algo que requiere de fe. Es decir algo
que no suele tener comprobación “científica” y, por lo tanto, no entra en los
parámetros de la “Ciencia”. Para ello habría de cumplir las reglas de coherencia lógica, consonancia con otras
partes de la ciencia, exclusividad etc. (McMullin).
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La fe puede
tener una consistencia teórica ( ex. libros), o provenir de nuestra creencia en
lo que afirman maestros, sabios o gurús, o de creer en lo que dicen nuestros
sentidos en estado ordinario (lógica) o extraordinario (visiones, sueños o
experiencias psicodélicas).
Afirmar algo
como inamovible e incuestionable transforma la fe en dogma. En su origen, dogma
significaba opinión. Por tanto sujeta a discusión. Hoy usamos esa palabra para simbolizar
aquello que no admite ninguna contestación. De ahí decimos que una persona es
dogmática cuando no cabe otra opinión que la suya.
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Si hay algo en
la ciencia occidental que la hace atractiva para mi es que, por principio, no
es o no debe ser dogmática. Sus afirmaciones deben estar en permanente crítica.
Y ha avanzado particularmente rápido cuando las creencias o dogmas religiosos
le han permitido investigar y analizar todos los aspectos del Universo,
incluido el propio observador.

Todos estamos
sujetos a paradigmas universales (como la teoría del bigbang) que condicionan nuestra manera de percibir lo interno y lo
externo. También estamos supeditados a paradigmas personales: así afirmamos que
somos emocionales o generosos, o abusivos o impulsivos. Y desde ahí
condicionamos, de una u otra manera, nuestra propia percepción y vamos
reinventándonos una y otra vez.
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Los credos, los
dogmas y los paradigmas nos dan una aparente certeza en las cosas. Nos aportan
seguridad en un mundo cambiante, en especial nuestro propio mundo interno o la
percepción de nosotros mismos.
Sin embargo,
también nos condicionan y nos restringen, pues no nos permiten observar de
forma flexible y adaptativa. Los credos implican juicios, en general de bien y
de mal, de error o de verdad…Generan firmeza para seguir en la vida y también
falsas certezas. Son útiles sobre todo en situaciones de peligro o de alarma
grave, pero fuera de ahí nos condicionan.
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Imaginemos por
un momento que creemos en la teoría del Karma. En consecuencia, todos aquellos
pensamientos, sentimientos y acciones que no estén de acuerdo con la rectitud
habrán de generar sufrimiento y siempre será así.
Imaginemos que
creemos en un dios personal justo. Todo lo que generemos de injusto repercutirá
tarde o temprano en un castigo.
Imaginemos que
creemos que la comida carnívora es perjudicial física o moralmente. Estamos
creando un camino hacia un futuro castigo o enfermedad.
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Es obvio que
socialmente la cuestión es importante. Las sociedades y sus gobiernos procuran
reforzar sus mandatos con castigos morales (generalmente apoyados por los
líderes religiosos), además de los sociales o físicos. Ello – es cierto- permite
a la sociedad vivir dentro de un orden establecido.

No se trata de
cuestionar que nuestra actividad tiene limites. Bien decía Juárez que “el
respeto al derecho ajeno es la paz”. De lo que estoy hablando es de que la
seguridad que nos produce el credo es ficticia y un obstáculo para saber cuales
son realmente los principios en que en verdad afirmamos nuestra existencia.
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Hay un asunto
que es así mismo de importancia. Cuando sentimos que hemos llegado a una
verdad, es decir a algo que para nosotros es absoluta y meridianamente claro,
procuramos comunicarlo a los demás. Por regla general, no solamente comunicarlo,
sino convencer a los otros de aquello que consideramos cierto y que ahora es
nuestro credo. No hace falta ser Jesús o Buda o Mahoma. Pensemos cuantas veces
hemos tratado de convencer a otros que esa es la rosa más bella, o que el amor
que sentimos es lo más maravilloso o que tal fulano es un egoísta o un
atrabiliario. O que tras la vida viene la muerte. O la resurrección. O la
fusión con la Suprema Luz. O la disolución del “ego”.
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He tenido cerca,
y todavía tengo, personas que pretenden estar en el camino de la verdad. O que ,simplemente, se sienten ya la verdad. Y trato de respetar esa creencia de ellos.
Unas veces se trata de una verdad experiencial. Otras, se produce a raíz del
encuentro con un maestro. Otras, puede ser un mero argumento lógico.
Mientras no sea
mi experiencia, yo lo cuestiono.
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Yo sigo
“creyendo” que el camino hacia la verdad tiene una enorme dosis de soledad.
Miro con gratitud a los que me han enseñado o me enseñan lo que han visto de la
vida.
Y procuro vivir
con la menor cantidad de creencias posible. A nivel personal, a nivel
profesional y a nivel social. Cuestiono constantemente lo que veo y hago de
ello un credo. Cuando escucho pongo atención a no hacer crítica de lo que
escucho u observo. Claro que no siempre lo logro. Sin embargo, procuro ponerme
en el papel del otro.
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Esa es la gran
enseñanza que he recibido.
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Ese es mi
credo.