martes, 19 de febrero de 2013

Un mundo de fueguitos..

 




      En mi vida he tenido momentos de gran excitación. Instantes en que la intensidad era tan grande que recuerdo todo mi ser vibrando y una tremenda sensación expansiva. Algunas de estas experiencias están relacionadas con el contacto físico y amoroso. Otras, se refieren a emociones de carácter más intelectual, esos momentos en que un buen libro, una generosa conversación, la escucha de una música apasionada, como la que referí de Rachmaninov, un bello amanecer en el planeta, el sol poniente en el desierto mexicano...
       Me recuerda el fuego de la chimenea de mi casa de la montaña. A veces, era intenso y las llamas llegaban a la misma boca. Otras, parecía que el fuego s iba a mantener siempre igual, hasta que el estrépito de la caida de un leño incandescendente me recordaba la impermanencia. En ocasiones, las brasas calentaban cubiertas de una capa de ceniza gris...
     Así también he conocido personas que han quemado su existencia al fuego vivo. Añadían nuevos leños de intensidad apenas sentían que bajaba la llamarada de su vida. Unas acabaron con su leña vital pronto. Otras en cambio fueron capaces de tener una enorme reserva de energía, hasta alcanzar a una vida extensa. Otras personas viven o han vivido con un desgaste minimo, lo que no les ha garantizado una vida larga, ni tan siquiera segura.
    Hoy he reflexionado sobre como he manejado mi reserva de energía. En ocasiones, las menos, he necesitado manener un fuego extremo, mientras que la mayor parte han estado presididas por una forma bastante tranquila de ver las cosas, aunque siempre alejándome de la sensacón de hastío o, como suele decirse, de aburrimiento.
      Pienso que es saludable ver como manejamos nuestra fogosidad y en que lugares la buscamos.
Pues, me he dado cuenta de que la alta intensidad suele ir vinculada a la inseguridad mientras que la baja intensidad va de la mano de la seguridad.


    Claro que no siempre es así. Por eso os propongo, en este lluvioso y gris día de febrero, esta pequeña reflexión.

viernes, 15 de febrero de 2013

El último romántico

Rachmaninov.

El arte romántico y en particular la música, me carga la pila emocional. Aún cuando procuro dejar en alerta el darse cuenta, a veces es tan poderosa que solamente puedo percibir como se me lleva "cual piuma al vento"...
Y eso me sucedió ayer, cuando la Orquesta filarmónica de Londres acometió, en maravillosa sintonía con el pianista, el concierto No 3 para piano y orquesta de Rachmaninov.
El impulso es tan potente, tan fantástico, que basta dejarse llevar para que las lágrimas afloren, para que toda la pasión fluya sin control, para sentir el ánimo lleno.
A diferencia del anterior, a mi el 3o me parece más sereno, con pocas concesiones a la melancolía. Es puro sentimiento, posiblemente lleno de la santa Rusia, de la que el compositor quedó tan alejado, tras el triunfo de la revolución leninista.
Y tuve la sensacón de estar en otra época, ciertamente en otro "siglo" y sin embargo, de mantenerme profundamente conectado con el ideal de el siglo XIX, del que Sergei es, para mi gusto, uno de sus últimos grandes creadores.
Sobran palabras.
Os propongo que lo escucheis y que, si os paetece, compartamos sensaciones.
Existe en you tube esta antigua versión de Rachmaninov tocando su propio concierto. Es de 1939: http://www.youtube.com/watch?v=oA0kXDMKiLg

miércoles, 6 de febrero de 2013

El conglomerado patriarcal



El conglomerado patriarcal

Que el humán es un ser social es una afirmación fácilmente comprobable. Nacemos del seno de una madre, es cierto. Y, también casi siempre, dentro de un sistema familiar, con implicaciones históricas tribales. Y todo ello con hondas raíces patriarcales, en las que el poder es ejercido de arriba abajo.
Cuando digo patriarcal no quiero decir masculino. Existen mujeres que ejercen el patriarcado. Recordemos a M. Thatcher, a quien le gustaba pasar por ser “el mejor hombre de Europa” o actualmente Frau Merkel
Esto quiere decir que tenemos una historia, unas tradiciones que se imbrican en los abuelos, en los tíos, en un conjunto de familia, lo cual tiene una implicación profunda.
Aun cuando muchos de nuestros introyectos, los más delicados, los más aparentemente escondidos, proceden directamente de los padres, estos, a su vez, han sido influidos por el conjunto familiar y social.
Por tanto, la educación familiar, la crianza con los iguales, los valores sociales, perfilan, someten y condicionan nuestras creencias, nuestra forma de ver el mundo. Una rápida introspección permite que lo apreciemos…
Y, sin embargo,  por mucha que sea nuestra idea de que podemos quitarnos casi todo de encima, o de dentro, finalmente seguimos percibiendo la realidad en función de lo que nuestro cerebro, nuestra mente,  nuestro organismo en conjunto, ha vivido. Nuestro pasado condiciona nuestro presente, que condiciona nuestro futuro: individual y social.
Una de las creencias de nuestra civilización es que podemos llegar a ser independientes. Que no estamos siempre sometidos a la fuerzas sociales y de la naturaleza: que podemos triunfar frente a eso.
Fijémonos en la cultura del “héroe”: casi toda la literatura, el cine y mucho del arte (y de las falsas terapias) está vinculada a que podemos “zafarnos” de las fuerzas que nos rigen. Pensemos en el mito de Edipo. El que quiere salirse de su destino y acaba siendo engullido por él. Aunque, finalmente, su creador, Sófocles, le otorgue, en su segunda parte de Edipo en Colonna, un carácter sagrado y lo retire poco menos que al mundo heroico.
Edipo acaba (y sí, esto es literatura, no realidad) teniendo que aceptar que las cosas son así. Que hay fuerzas que rigen nuestro vida (y esto es mío): que, finalmente, tal vez hubiera sido mejor aceptar el destino tal como venía, pues frente a determinadas cosas nada puede hacerse.
¡Pero no! El héroe fuerza el destino. Se rebela. Busca una solución frente al desatino del destino.
Y esta es la civilización que nos preside. Nos presenta como héroes frente a toda dificultad,  frente a la Naturaleza, frente a la muerte. Y esto tiene brillos y sombras. Nos enaltece y nos destruye.
Frente al dios omnipotente, Zeus mata a Kronos y le corta los testículos. Y le sucede en su omnipotencia. Lo mismo o similar en la civilización babilónica, o persa u otras. El Hijo sucede al Padre usando sus mismos métodos, sus mismas armas. Hércules sacude al Olimpo con sus hazañas y acaba sucumbiendo hasta convertirse en héroe.
Es toda una forma de ver el Universo, que está tremendamente unida a nuestra forma de contactar con el mundo. La vida -según esta concepción heróica- es lucha, es combate, frente a la adversidad, frente al pecado, frente al diablo, interior o exterior, no importa ¡lucha!
Cielo o infierno, vida o muerte, felicidad o desgracia… tales son siempre las dualidades contra las que el héroe de esta vida tiene que enfrentarse.
Hemos aceptado, tal vez demasiado fácilmente, este planteamiento vital.
Puede que sea  porque siempre , o desde hace mucho, hemos vivido ahí, en esa concepción aprehendida. Basta ver la cultura de dominación en la que vivimos, particularmente en Occidente. Cultura de éxito o fracaso. Cultura de dinero, de fama, de explotación de recursos.  De exaltación del individualismo. Y, por tanto, también de negación, de fantasía, de corrupción: de aislamiento o soledad.
En el trabajo interior con los introyectos puede merecer la pena ahondar hasta donde la identificación con lo ya establecido funciona y rige  en nosotros. Requiere una seria reflexión acerca de lo que queremos y como lo pretendemos.
Dejamos a un padre para seguir a otro. No terminamos de percibir que el patriarca que nos libera acaba siendo dominante, fuera o dentro de nosotros.  Me rebelo contra él, para acabar imponiendo un sistema igual o parecido a quienes he liberado.
¿Cómo hacer? ¿Cómo salir de todo este enredo, tomando en cuenta que somos seres frágiles e implicados socialmente?
A veces, he podido ver como grandes “gurues” que pregonan la liberación son tomados, con o sin su consentimiento, como nuevos patriarcas, con las mismas reglas, con la misma forma de asegurar :“fuera de mi no hay liberación”…
¿Cómo es posible? Simplemente porque seguimos el mismo formato. Otro nos dice, no su camino, sino “el camino”.
Regreso al viejo Buda, fueran o no sus palabras: solamente la experiencia propia nos puede guiar. Al menos en lo que se viene llamando camino espiritual. Porque es obvio que necesitamos profesores de matemáticas, o de informática, o de finanzas… No a ese aprendizaje, sino al de la liberación personal…
La experiencia espiritual es única. Otros nos cuentan, nos dicen… Les seguimos y volvemos al sistema.
Es siempre una paradoja que haya personas que se institucionalicen, estando en contra de institucionalizarse. Es comprensible que se necesite una cierta vertebración. Si, si…
¿Podemos decir algo así como? ¡Dime como haces para meditar y luego déjame meditar y ya veré qué hago yo con eso!
O bien:
¡Dime como vives tu silencio interior. Y luego déjame vivir el mío, porque mi manera de vivirlo es diferente de la tuya!
¡Comparte tu experiencia, no me la impongas!
O tambien:
¡Si tu camino fue heroico, no pretendas que el mío lo sea como el tuyo. Tal vez, sencillamente, consiste en que no me veas con tus ojos patriarcales, heroicos!
Y escribo esto así. A bote pronto, porque me nace del fondo de la tripa y lo pongo en palabras…
Y, recuerdo la figura sencilla y seria de Krishnamurti, sentado a sus ochenta años en una simple silla de madera ante cientos de discípulos. Diciendo: “no sigáis ciegamente a ningún maestro”… mientras miles de discípulos estaban ciegamente decididos a seguir letra por letra sus palabras…
Frente a la figura del patriarca y del héroe, que tienen sin duda una historia y han reportado beneficios a nuestra especie y a nuestra cultura, ¿podemos promover una forma más cooperativa, más afable, más recogedora, más maternal?
Sin dejar de respetar la experiencia paterna, lineal, jerárquica, sistémica, ¿cabe profundizar en otra forma de relacionarse con los demás, con el trabajo, con los roles, con la Naturaleza?
Os hago esta reflexión y me gustará escuchar vuestra experiencia. Tenía programado ya un escrito sobre el matriarcado, pero he dejado salir primero este otro, como un desahogo, como un exabrupto, como una necesidad liberadora…

miércoles, 30 de enero de 2013

Música


Música

Hoy tuve la suerte  y la dicha de escuchar música en vivo. La orquesta de San Petersburgo ofrecía,  en su programa, el concierto para piano y orquesta de Robert Schumann, ese desdichado músico alemán, muerto prematuramente en la locura.
Por un momento, la melodía, tan deliciosamente emotiva y romántica, empezó a sonar como si yo no estuviera ahí.
A ver. Estar, claro que estaba. Y sin embargo, parecía que algo en el Universo la tocaba, la hacía llegar de algún lugar no terreno y mis oídos escuchaban, dejando que entrara sin tratar de entenderla, sin descifrar nada. Y que quede claro que quien la tocaba era una estupenda orquesta dirigida por un magnífico director con un buenísimo pianista. Ellos transmitían la música….
Se me saltaban las lágrimas de alegría, supongo que del mismo hecho de poder estar ahí, sintiéndola.
No todo el concierto fue en ese estado. Posiblemente duró poco. Y con todo, la alegría permaneció toda la velada, incluida la segunda parte, ante la vibrante quinta sinfonía de Tchaikovski.
Recordé momentos pasados, en que la música clásica formaba parte de mi cotidiano, de mis descubrimiento de formas de expresión y de sentir.
Anteayer, un conocido conferenciante decía que la música no se entiende. Hoy reconocí que en realidad nunca he pretendido entenderla, aun cuando sepa de música.
Y que es una maravillosa amiga, a veces muy olvidada. Amiga que me permite reconocer mi lugar en el mundo cuando conecto con ella, cuando mi pensamiento cesa, cuando dejo que me “ocupe”, cuando le hago espacio.
Hay quien piensa que la música proviene de un espacio-tiempo no local. Que los grandes músicos saben o tienen la facultad de conectar con ese espacio no local y transformar y transcribir, a través de su don y de su trabajo, ese son, para que otros podamos escucharlo.
Y hoy reconocí el don del desdichado Schumann y del a veces tan desdichado Tchaikovski y agradecí que hayan existido.
Y que nos hayan transmitido esa maravillosa vibración que mi conciencia ha podido captar.
Y quise compartir este momento de paz vibrante, algo que me llegó a través de permitir que la música entrara, sin más.

lunes, 21 de enero de 2013

Retratos Humanos: la madre y la pasión de vivir




In memoriam: La pasión de vivir.

Pequeña y femenina, siempre en su lugar, de donde no se dejaba quitar, orgullosa y no arrogante, simpática y ayudadora, cuidada pero no dependiente de su aspecto, femenina y no feminista, tímida y decidida... Tales son algunas de las cualidades que adornaban su alma.
Siendo muy pequeña perdió a su padre en la guerra y fue instruida en términos muy conservadores por una madre enfermiza, educada y rígida.
A su alrededor, en su infancia,  merodeaban figuras femeninas frágiles, rígidas y pocas paternales. Esto hizo  de ella una persona que veía y reconocía siempre a una divinidad clemente, grandiosa y protectora, que no le impedía mantener un criterio independiente en ciertos aspectos sociales y aún morales tomando en cuenta la época en  la que nació.
 Pienso que su independencia fue el filón energético batallador y  optimista, que la acompañó a lo largo de su existencia.
Bajo un aspecto vivaz y juvenil, se escondía una persona tímida sí, pero convencida de su valía.  Que supo ir deviniendo y adaptándose a las dificultades objetivas, ralea,  graves y en su mayor parte solamente superables mediante la actitud.

Bajo el lema de “no te dejes ir, no te abandones a tus depresiones”,  encontré en ella un poderoso aliado a medida que mi vida avanzaba. Cuando miro atrás y veo las dificultades por las que he ido atravesando en mi propia trayectoria vital, que, sin ánimo de comparaciones, considero bastante más livianas que las que pasó, encuentro siempre fuerza para luchar y seguir avanzando. En su anillo familiar aparecía el lema ¡“Salta adelante”!, como un siempre hacia el frente…
Y creo que este es el positivo balance de una personalidad sencilla, optimista y creadora, que pudo pasar de que se le escapara su carrera musical, debido a férreas y conservadoras directrices familiares, a encontrar al hombre sostén y compañero de vida.
Atravesó dos guerras, una mundial y otra civil, dividida entre dos países que amaba y una difícil postguerra  siempre con energía, criando y educando a cinco hijos, además de soportar una familia política nada fácil. Pudo ver  escaparse mejores destinos en función de directrices falsamente prudentes y mantener siempre la cabeza alta y el tono aristocrático que no clasista,  en el mejor sentido del término.
Y pasar por la pérdida de la madre, del compañero de larga vida, de dos hijos… y seguir siempre con la mirada puesta primero en un presente futuro y luego en un presente permanente. Encontrar en la música, en la pintura, moderadamente en la religión, ciertamente en los viajes, en la naturaleza, en la familia, en el hogar, dones que se fueron presentando y que servían siempre para mantener un alto tono energético…
Sí. Sin duda es un ejemplo vital poderoso y amoroso.
La existencia, pero sobre todo su don de generosidad, la rodeó de personas que la estimaban profundamente cuando una enfermedad penosa y dolorosa la obligó a dejar la vida, que tanto disfrutaba. Por eso morir fue triste  para ella y para todos los que la amaban.
En sus más de ochenta años de existencia no puedo imaginar un instante en que protestara contra su destino. Sin que ello signifique que no rezongara contra la injusticia, o contra personas atrabiliarias o que no le gustaran.
Cuando la juventud física la dejó, supo encarar con ánimo la madurez,  sin dejar esa deliciosa coquetería que la hacía, incluso anciana,  tan femenina y simpática. Y el amor a la vida se manifestaba igual cuando parió a sus hijos (siempre decía que era un dolor que valía la pena sentir), que cuando caminaba por el campo admirando los hermosos árboles, las montañas, las nubes o el mar. Asando unos costillas o encendiendo el fuego de la chimenea, cultivando su jardincillo,  saboreando un plato sencillo o escuchando una conversación que, aunque no entendiera completamente, le parecía de interés.
La vimos llegar a la ancianidad con un espíritu tan juvenil, que siempre la recuerdo pasados los  ochenta años de edad, caminando por las calles de la India o de Nepal, interesada por esas nuevas civilizaciones de las que apenas sabía algo y dedicada a una de sus actividades favoritas: viajar, lo mismo a un pueblito de los alrededores de su residencia que a un país extraño a su cultura
La enfermedad la pilló un poco desprevenida. Había tenido una salud estupenda casi siempre y raramente la vimos enferma. Por eso, cuando le diagnosticaron el cáncer le costó admitirlo, tal vez porque sabía interiormente que esa era una batalla difícil de ganar.  Hasta que la enfermedad se lo impidió, pocas semanas antes de fallecer,  pudo siguió disfrutando de su existencia.
Claro está que había momentos más difíciles, más oscuros, en que veía como la energía bajaba inexorablemente. Y me acuerdo sí, de la queja amarga, de que la dificultad o el dolor físico la aplastaba. Y tan pronto podía regresaba la animosa. 
Hasta que un buen día ya no quiso levantarse de la cama, como admitiendo que era momento de terminar.
Sin embargo, recuerdo que, en las últimos fechas de su vida,  una serena aceptación la ayudó a dejar el mundo, mientras se sentía rodeada por los seres que la querían, la cuidaban y la acompañaban.
Un par de días antes de dejar por completo la vida, tuve la sensación de que ya la había dejado y  que en su cuerpo ya no estaba ella. Siempre es difícil saber como se produce el soltarse. Pero quiero pensar, puesto que nunca lo sabré, que fue así, como si finalmente ese paso también fue aceptado con valor y optimismo, cualidades que mantuvo hasta el final.
Tener cercano y disponible un buen ejemplo durante tantos años ha sido y es una gran ayuda para mi. Lo ha sido y lo es en mi vida y espero que lo sea también el día en que haya de dejarla.

lunes, 14 de enero de 2013

Desmitificación de Buda


La desmitificación de Buda.


La mitificación de los héroes religiosos es un asunto que incumbe a la practica totalidad de las creencias del humán. Parece ser una necesidad de que algo grandioso nos proteja de las inclemencias de la realidad sencilla y ordinaria. Puede que freudianamente se corresponda a la sustitución de un padre poderoso, puede que vaya en la compañía de sentirse menos “solo” en este Universo efímero y transitorio.
Recientemente, he estado leyendo acerca de otro de los grandes mitos humanos. La figura de Buda, conocido también por su nombre Sidarta Gautama (o Sidatta Gotama, como al parecer se pronuncia en el idioma pali). Un ex-monje budista se ha dedicado, desde una visión realista, no teista y sajona, a investigar en textos y en el lugar de los hechos la figura de Siddarta.
La conclusión parece  evidente:  de forma similar a los sucedido con las figura acaso históricas de Jesús, con la de Moisés o con la de Mahoma, el que se autollamó el Tatághata ha sido transformado también de ser un hombre, sin duda grande, valiente, de un coraje admirable, detractor de un sistema de castas,  creador de un método destinado a ayudarnos a entender y a superar el sufrimiento, y con el entendimiento de la realidad que da la "iluminación",  ha pasado digo a dar lugar a  toda una serie de representaciones grandiosas. Desde la divinización en imágenes (véanse las tibetanas a este efecto), para pasar a ser un semidios y por tanto reverenciado bajo formas diversas.
El libro de Steven Bachelor “Memorias de un ateo budista” trata de poner las cosas en “su sitio”, por medio de la experiencia vivida por su autor, quien, como digo, pasó una parte de su vida como monje budista, tibetano primero, y coreano (Zen) después. Posteriormente, tuvo que atravesar una crisis espiritual que le llevó a cuestionar muchos de los dogmas del budismo ortodoxo y a repasar e investigar en la historia de Sidatta hasta  dejar desnuda  de mitos, fantasías  y creencias antiguas la vida y obra  del creador del “óctuple camino”.
A mi la lectura de esta obra me ha resultado de una intensísima utilidad, en este proceso de desmitificación que llevo emprendido desde hace años y que ha bajado de los altares a figuras religiosas, filosóficas o históricas ancladas en mi mente como arquetipos o figuras incuestionables.
Poder ver al hombre, por grande que sea, en sus limitaciones, en su insuficiencia, en su marco histórico,  nos pone, al menos me pone a mi, en la tesitura de aceptar las mías y no tratar de imitar a nadie, por extraordinaria que haya podido llegar a ser esa figura. En tanto que  somos seres sociales, todos estamos abocados a contribuir al acervo y al progreso  de la humanidad. Y personas que han sabido romper con los mecanismos de confluencia social y crear sistemas nuevos han permitido avances en la concepción y forma de percibir la realidad.
Esa es, en mi opinión, la gran contribución de Sidatta el Buda, al encaminarnos a soltar el deseo, no como intención que nos lleva a la acción (como tal benéfica), sino como permanente atadura que nos lleva al sufrimiento, en la medida en que nos mantiene fuera de la realidad presente.
Las cuatro “nobles verdades”, de las que la última es la forma de liberarse del sufrimiento a través de seguir un camino compuesto por ocho conductas rectas, nos pueden conducir no a negar que el dolor forma parte del mundo, pero sí a no engancharse al sufrimiento.
Desde nuestra civilización cristiana, esa es la contribución del mensaje cristiano a través del amor, puesto que amar implica olvidarse de sí ( en el sentido egóico) y entrar en contacto con el otro y de esa manera des-identificarse también y soltar el deseo como fuente de sufrimiento..


lunes, 31 de diciembre de 2012

Invierno y fin de año

Termina el 2012. Es día de San Silvestre, dicen los cristianos. Así le pusieron al último dia del año. No es importante a qué santo vaya dedicado el dia de hoy y su noche.Pero lo de Silvestre me ha hecho siempre gracia.
Para mi lo relevante es lo que ya queda atrás, de forma simbólica, al pasar de un año a otro, en este calendario solar que nos rige, desde hace milenios.
Los dias se han empezado a hacer un poquito más largos en este hemisferio y en estas latitudes, coincidiendo con el solsticio. El inviernos es estación de reposo natural, aunque en este tipo de cultura pareciera que el reposo ya no existe, pues noches y días son tratados casi de la misma manera: con ocupaciones, preocupaciones, y casi el mismo nervio que si estuviéramos en otra cualquiera de las cuatro en que dividimos el año.
Sin embargo, hay algo que podemos encontrar, recuperando la contemplación de la Naturaleza. Como todo parece dormir, en el mundo vegetal al menos. El frío recoge, invita a la soledad, a la introspección, al recogimiento. Unos tomamos la invitación. Otros la desplazamos. Otros simplemente ni le prestamos atención.
Personalmente yo la suelo tomar, al menos en parte. Me gusta esa sensación de recogimiento en el frío. Ayer, en mi paseo diario, sentía el aire helado y húmedo en el rostro como una especie de caricia, bien diferente de la brisa del verano, pero igualmente hermosa y grata. Nadie en el parque. Solamente las plantas y yo, la tierra fria, el riachuelo lleno de hojas secas. Algunas descompuestas ya, dando alimento natural a la tierra y a sus seres vivos...
Momento de reflexión para mi sobre lo que ha sucedido en este año. Un ratito para dejar cosas atrás, o para darme cuenta, más bien, que ya quedaron atrás. Otro instante para poner delante las expectativas, porque sí, afortunadamente, todavía hay expectativas, posibles sorpresas. Unas deseables y deseadas. Otras, rechabables y rechazadas.
Pero da lo mismo. Unas y otras tienen posibilidades de suceder y de nada sirve hacerse ilusiones al respecto. Y una cosa es no hacérselas y otra bien diferente no tratar mediante la acción consciente de que sucedan.
Os comparto que me viene una sensación de dicha, en medio de tanto sufrimiento y dificultades. Este es casi el momento en que el año gira y lo despido con gratitud por todo lo que me ha permitido realizar, por poder dedicarme a lo que me gusta, porque dentro de todas las dificultades, estoy saludable, queriente y querible. Lejos de todas las fantasías omnipotentes, omnipresentes y omniscientes.
Algunos libritos me siguen haciendo excelente compañía. Algunas personas, entre las que estais, queridos letores de este blog, me acompañan. Sé que es una expresión un poco vanidosa, pero también quiero compartiros mi bienestar de este instante.
Al tiempo que os deseo que os vaya bien, que encontreis caminos de salida a los conflictos internos, que logreis vuestras metas en concordancia con las de los demás.
Que la virtud de la benevolencia se instale entre todos.
Este es mi deseo para el año que entra.