viernes, 28 de diciembre de 2012

frustración...



La vida nos puede colmar de alegrías y de frustraciones. Mucho depende de la suerte, bastante del destino, una parte de nuestra voluntad...
La frustración suele estar en medida proporcional a nuestra dificultad para adaptarnos a la realidad. Cuanto más distancia hay entre lo que es y lo que nos gustaría que fuera, mayor puede llegar a ser esa sensación frsutrante, mezcla de rabia, de tristeza y de impotencia.
La acción consciente, encaminada a aportar un acercamiento entre lo que nos gustaría y lo que es , suele ser antídoto de frustraciones...
Por lo demás, basta mirar en nuestro interior para atisbar las muchas causas históricas, presentes  y futuribles que nos llevan a ese estado...
En el intenso y continuo caleidoscopio de la realidad, nuestras acciones conscientes nos pueden aliviar de la frustración, pero ciertamente no por ello dejarán de existir realidades que no nos gustan...


domingo, 9 de diciembre de 2012

Petición

Hola a quienes leen este blog con alguna o con bastante asiduidad. 
Hoy os escribo para pediros una opinión. Recientemente cambié algo de la la imagen del blog. Así mismo compruebo que el número de lecturas aumenta.
Sin embargo, hay algo, que como el elefante de la foto, no logro alcanzar y es mantener un nivel de comentarios acerca de lo que escribo.
Por ejemplo, el último artículo, sobre el otoño, no ha recibido hasta ahora ninguno ¿Cual es vuestra opinión? ¿Podría ser que dejo poco espacio para opinar? ¿Puede ser la natural tendencia a leer y a guardarse la sensación de lo escrito? ¿Puede ser porque el asunto no es particularmente interesante?
Quiero deciros que vuestra lectura me importa y me anima. Y me anima todavía más que me compartais que pensais, sentis o experimentais acerca de lo que digo.
Un abrazo prenavideño.
MIGUEL

jueves, 29 de noviembre de 2012

Otoño

Finaliza el otoño

La ciudad está tapizada de hojas que el viento de la estación arroja en todas las direcciones. Me alejo de las calles transitadas y entro en el parque, silencioso y solitario. Los árboles se han ido desnudando en estos días y quedan ya pocas hojas en los plátanos, en los castaños, en las acacias...
El viento arremolina las hojas y las mueve de un lado a otro formando montoncillos, que una nueva ráfaga lanza hacia otro lugar cambiando el paisaje del camino.
De improviso, tengo una sensación profunda que me maravilla: ¡Precisamente eso es lo que sucede a cada instante en mi vida! Pareciera que algo tiene un lugar y que va a permanecer y que soy yo el punto de referencia y sin embargo el viento, el deseo, el impùlso, el tiempo... la vida misma no para de moverlo todo y a mi con el resto...
Mi existencia ha ido pasando por las estaciones, la primavera de mi infancia, con sus impresiones nuevas y la impulsividad de esa edad; el verano majestuoso y lleno de frutos, con la fuerza de sentirse adulto: el otoño que, desde hace ya algunos años, hace caer muchas de mis hojas, de mis ilusiones, de mis fantasías y, a un tiempo, fortalece mi espíritu llevándome poco a poco hacia el invierno, en el que la energía se va guardando y las ramas, con la savia retraida, se van haciendo duras y rígidas...
Nada permanece. Todo está en permanente cambio y la falsa sensación de que yo observo sin  estar metido en ese conjunto cambiante desaparece, mientras vetas de luz se entremeten entre las plantas del parque..
¡Todo ahora parece estar tan claro! Siento una inmensa sensación de alivio, puede ser que de felicidad.
El paseo por entre las hojas se convierte en un estado meditativo, contemplativo, luminoso.
Paso por lechos de hojas amarillas fosforescentes, rojas, marrones, todavía verdosas...
El aire es frío y limpia mi rostro.
Respiro este otoño cono una sensación diferente, distinta de otros años.
Agradezco la ligereza de mi cuerpo caminante y la limpieza del aire, entre el cielo gris y azulado.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Formas de amor


Acerca del amor

"Il n'y a pas d'amour heureux" (Aragon)

"Amar es regocijarse" (Aristóteles)

"Un amigo es alguien que te conoce muy bien y que, a pesar de todo, te quiere"
A.C.Sponville

 
Al  pensar acerca de la sensación o vivencia amorosa, me llegan recuerdos de diversas experiencias. Se trata seguramente de una palabra manida, cuyo significado ha quedado obscurecido a través de tantos siglos de hablar acerca de ella y de pretender alcanzarla, persiguiéndola como una sombra frustradora.
Recientemente, he estado leyendo un artículo de uno de mis filósofos favoritos del momento: André Compte-Sponville. Me gusta en particular su manera de abordar los temas, porque entremezcla sus vivencias con el significado de las cosas y procura clarificar la razón desde la vivencia. Lo encuentro más delicado que otro de mis favoritos, Michel Onfray, al que he seguido en casi todas sus obras. Onfray es más guerrero, más radical, más anarquista, aunque igualmente honesto. Ambos rechazan al dios personal y se proclaman ateos. André, sin embargo, mantiene más contacto con lo cristiano y con lo religioso en general y puede que, además, su prosa sea más elegante.
En fin, ambos merecen la pena ser visitados o leidos en casi toda su obra por quienes  buscamos asentar el conocimiento y la claridad o simplemente disfrutar con una buena e interesante lectura.
El caso es que André, al hablar del amor y de la capacidad amorosa, sigue, al igual que muchos escritores, filósofos o no, esa distinción conceptual y vivencial que hicieron los griegos entre tres facultades o capacidades amorosas, definidas por tres palabras diferente que, en castellano, al igual que en muchos otras lenguas, traducimos casi exclusivamente por amor. Se trata de Eros, de filia y de ágape. Tres diferentes maneras de enfilar el amor y puede que tres distintas formas de hacer el contacto con el otro.
Platón, ese formidable bastión de la cultura y de la filosofía  y en particular de la occidental cristiana, es uno de los primeros en hablar de amor. Lo hace en su libro “El Banquete”, en el que diversos personajes se reúnen alrededor de una mesa para conversar amablemente acerca del tema. Son especialmente conocidas las intervenciones de Alcibíades, el héroe de la juventud  de su época, popular por su belleza y por sus facultades físicas e intelectuales, que no políticas. Platón le hace hablar del amor entendido como pasión (el Eros, representado por el niño o el adolescente ciego, que dispara las flechas), pasión hacia el otro y no solamente sexual (de hecho distingue entre la pasión sexual –cuya representación es Afrodita con sus placeres- y la pasión hacia el otro: “el enamoramiento” diríamos para entendernos hoy). Ambas pasiones pueden ir juntas, pero no es obligado. Se puede sentir ta afrodita (deseo o atracción sexual) sin Eros (enamoramiento apasionado) y viceversa.
 Eros, entendido como esa pasión amorosa, es la que tantas veces vemos representadas en las artes, especialmente en la literatura, el teatro,  en la pintura, en la escultura y en el cine de la actualidad. Tal vez podemos llamarlo amor romántico, en la medida que esta lleno de ardor, de emoción desbordada: el amor adolescente y juvenil.
Platón hace decir a Alcibíades que ese amor que pretende llenarnos es consecuencia de que los dioses condenaron a los hombres, a los humanes, a buscar por el mundo su mitad, su media naranja, pues, siendo redondos y cuasi perfectos,  los partieron por la mitad para que no se sintieran poderosos y tentados de escalar el cielo y mezclarse con ellos, con los dioses. Antes de ser cortados por la mitad, los humanes tenían cuatro patas y cuatro ojos, dos sexos… y eran mitad hombre y mujer o dos mitades de hombre (homosexuales masculinos) o dos mitades de mujer (homosexuales femeninos). Al ser rebanados por la mitad, quedaron más débiles y compelidos a buscar esa otra mitad y así los dioses se quedaron tranquilos en su Olimpo y complacidos por sus ofrendas… En fin, se trata de una “boutade” platónica, de un cuento mítico,  para hacernos ver la forma de percibir el amor como una compulsión a encontrar la otra mitad de nosotros mismos, y que, si lo lográramos, seríamos ya felices (aunque bien sabenos que alejándonos así de la verdadera felicidad, que sería ir al lugar de los dioses). Platón pone en boca de Alcibíades que el amor reúne las cuatro condiciones esenciales para hacernos felices : es definitivo, colma completamente, es exclusivo y pone fin a la soledad. Es un amor fusión. Basta reunir recuerdos de nuestras relaciones fusionales para darse cuenta (al menos en lo que a mí me toca) que la cosa no va por ahí y que raramente el tiempo no va deshaciendo esa fantasía de la “media naranja” que llena todas nuestras necesidades, como en los cuentos de niños en que se decía al final del mismo, cuando el héroe conquistaba a su heroina o viceversa, eso de “… y fueron felices y comieron perdices”.
 Y, en consecuencia, viene la argumentación platónica.
Para ello, Platón hace hablar a su maestro Sócrates a través de Diotima, una sabia sacerdotisa. Y de su boca aparece otro de los grandes sofismas que ha permeado en nuestra cultura. Diotima/Sócrates/Platón considera que el amor busca la realización de un deseo y que el deseo intenta colmar una carencia. Por tanto, colmada la carencia por medio de la satisfacción del deseo, reaparece la carencia que el deseo vuelve a intentar colmar y nos pasamos la vida en un estado de intentar colmar esas carencias. Con ello, el amor no es sino un vano intento de llenar el vacío (la carencia). Pasamos, como decía Schopenhauer, del deseo al  hastío o aburrimiento.
De ahí, el filósofo nos propone un recorrido a través de las ideas, para llegar a la conclusión de que lo único que puede colmar nuestra carencia es la consecución de lo Bello, Idea Suprema que nos permitirá descansar en su esencia. Fue fácil para el mundo cristiano poner a Dios como representación absoluta de lo Bello y por ende decir que solamente Dios colma nuestra necesidad, nuestra carencia última.
Pero, una vez más, la filosofía no consigue concretar la felicidad, ni siquiera resumir lo que el amor puede llegar a darnos. Lo Bello (acabará diciéndolo Aristóteles) es algo inalcanzable, que solamente se manifiesta a través de situaciones concretas. Bien es verdad que los místicos podrán alegar que es con la experiencia transcendente que se alcanza lo Bello  (para entendernos, el Ser) y por tanto vemos colmada la necesidad (la ansiosa carencia). La permanencia en Dios haría , de esta manera, feliz a quien puede contemplarLe de forma permanente. Así lo describe Dante en ese Paraíso, en el que las almas están radiantes en Su contemplación y ya no desean nada más.
 Sin embargo y sin excluir  ese exclusivo mundo contemplativo, voy a seguir por el momento la argumentación de André.
Recurrimos, de esta manera, a buscar otra idea del amor, sin excluir a Eros.
Es verdad que casi todos pasamos por la fase del amor pasión, de preferencia con, pero también sin, sus aspavientos sexuales (el así llamado amor “platónico”). Sin embargo, comprobamos que la mayor parte de las parejas estables no renuncian a amarse aun cuando  la pasión esté lejos o transformada. Consiguen transmutarla por medio de otra forma de amar, que en griego llamaban Filia. He observado en mi y en otras personas como el amor evoluciona y el otro pasa a ser querido, estimado, considerado, cercano, con casi independencia de que la pasión esté o no. André recuerda como, antiguamente, en idioma francés, los esposos se llamaban “ma mie o mon ami/e”, es decir "mi amiga/o". Amigo es obviamente una derivación de la palabra amor.  Se trata de una amor distinto y que sin embargo es extraordinariamente relevante en los humanos adultos… Y en ese sentido, aparece el amor ya no como pasión, sino como pulsión, como capacidad inagotable, como valor axiológico principalísimo, que hace que aquel que nos es conocido y cercano no solamente no aburre ni hastía, sino que es fuente principal de felicidad. El Eros no es excluido, pero deja de ser el ingrediente principal o al menos único de la relación amorosa.
Filia es un sentimiento que no se tiene nada más con la pareja, sino que es similar cuando hablamos de los hijos, de los padres o parientes cercanos, de los amigos “íntimos”. Es amor, en la medida que sigue estando delante de nuestro propio interés, o al menos lo acompaña íntimamente y nos lleva con frecuencia a sacrificar ese interés en beneficio del otro. Esa sensación amorosa nos hace sentir bien, felices al poder dar al otro, sin sentir que estamos necesitados de recibir a cambio otra cosa que no sea amor y, en su faceta más elevada, ni siquiera eso esperamos, al menos de manera inmediata y recíproca: nos alejamos del refrán latino do ut des (te doy para que me des).
Aún siendo esta forma de amor algo lleno de plenitud y que puede llegar a saciar nuestra capacidad de dar, existe entre los humanes otra forma de amor. Dejaré para otra ocasión analizar como este amor ha podido favorecer a nuestra especie a través de la selección natural. No se trata ahora de “des-sacralizar el amor”.
Los antiguos griegos no nos hablan de ágape. La palabra nos viene a través del helenismo y vía los escritos cristianos. Se trata de otra forma ( la más elevada para el cristiano) de alejarnos de la búsqueda de nuestros propios intereses. En esta orientación lo llamaríamos cáritas o caridad (amor desinteresado) Porque el amor de  o hacia la pareja, hacia los parientes o amigos íntimos es sin duda maravilloso. Visto desde la altura de miras, todavía tiene algo de relacionado con el ego, con la propia felicidad. Por ello, y aquí llega o Occidente claramente a través del cristianismo, el amor puede ir dirigido a aquellos a los que no tenemos en nuestro círculo íntimo ni genético. Se trata de buscar el bien de todos en general y, en especial en estos tiempos, podemos hablar del bien de lo que nos circunda, de la Naturaleza, aquello que heredarán los próximos, de los animales nos gusten o no, de las  plantas, etc. etc. Otros enfoques espirituales hablan de la compasión (el budismo), la fusión en dios (el sufismo) …
Eros, Filia y Ágape no tienen porque ser consecutivos, ni mucho menos incompatibles. Podemos sentirlos en situaciones diferentes, en tiempos y espacios distintos. Ni siquiera, y alejándonos de una concepción moralista, tenemos porqué considerar a uno mejor que otro o un valor más elevado. Dejemos eso para la ética, o la religión.
Simplemente, se trata –a mi juicio- de observar nuestra mente y de ver como la hemos ido programando para que las cosas tengan que ser de una manera determinada. Lo que hace que a veces buscamos separarnos porque ya no hay Eros, o Filia o Ágape, cuando en realidad se dan no siempre de forma indefinida y ni siquiera se dan siempre (y entonces nos sentimos o podemos sentir vacíos de amor).
Una vida plena está probablemente llena de experiencias eróticas, filiales y agápicas, si me permitís esa terminología. Y sin olvidar los placeres de Afrodita, a las que aludí al principio, o del afecto, o de la contemplación....
Porque, finalmente, la permanente búsqueda de satisfacción a través del deseo para llenar las carencias nos hace olvidar que puede ser que la felicidad venga por medio de lo que ya tenemos y no necesariamente a través de lo que nos gustaría tener.
Un inventario de las facultades y potencialidades que tenemos y que podemos desarrollar puede hacernos más felices que tratar de encontrar aquello que nunca podremos lograr. A veces, les digo a mis orientados que se trata de sustituir los condicionales “me gustaría” o los subjuntivos “me hubiera gustado” por algo más simple como “esto puedo hacer y esto quiero hacer”.
Y de esto último está en  buena parte hecho el amor. Puesto que no se puede amar por voluntad, aunque sí se puede desear amar, ejercitándolo con buena voluntad.

lunes, 22 de octubre de 2012

Libertad para vivir y para morir


Libertad para vivir y para morir (En recuerdo de A.)

Hace unas semanas A. me dejó un mensaje en el contestador. Se había acordado de mi y me llamaba para despedirse.
 Al  poco tiempo, logramos hablar directamente. Hacia ya bastantes años que no nos veíamos, aunque ocasionalmente me habían dado noticias de su difícil situación emocional y psicológica.
 En la conversación por teléfono me compartió que estaba harto de vivir. Que su vida no hacía sino causarle sufrimiento, que involuntaria o voluntariamente descargaba en las pocas personas que le rodeaban y le querían y a las que, en consecuencia, también hacia sufrir.
Para él la situación hacia tiempo que había llegado a un límite intolerable y por deferencia a determinadas personas, había aguardado un tiempo para ejecutar su decisión, que era ahora inaplazable e irrevocable.
Su voz me llegaba estremecedoramente tranquila y reposada. Su tono absolutamente resuelto y decidido. La llamada –me dijo- era un adiós, una despedida a tiempos pasados juntos, a memorias de otrora que recordaba con gusto.
Su llamada era también un reconocimiento, según me dijo, al afecto y al respeto que había sentido y sentía por mi y que sabía recíproco.
Tal vez por lo impresionado que me sentía, tal vez porque no podía admitir que una persona relativamente joven pensara en “quitarse de en medio” (con sus propias palabras), y sin duda por el cariño que le guardaba,  intenté disuadirle de su decisión con argumentos que ahora me parecen insuficientes: la responsabilidad familiar y de amistad, la posibilidad de iniciar algún tratamiento psicológico o médico para mejorar su calidad de vida, la posibilidad de que el futuro deparara mejores situaciones… Nada de esto le conmovió. Su disposición era firme, razonada y consciente, incluso diría que con el grado máximo de consistencia.
Tras llevar a cabo algunos contactos que me pareció debía  y necesitaba hacer en relación a A., quedé sumergido en un  vacío. No es mi interés ahora narrar todas las cosas que fueron pasando en aquellos días, hasta que, al poco tiempo, un amigo común me llamó para decirme que la víspera A. había llevado a cabo su medida. Según supe, murió tranquilamente sentado en su sofá, tras haber pasado la tarde anterior con alguno de sus más directos conocidos.
¿Porqué comparto esta triste vivencia? Por que, a raíz de su desaparición, fueron muchas las veces que pensé y todavía pienso en esta persona. Me motivó a indagar algo más sobre el panorama de la libertad para quitarse la vida y más tomando en cuenta que suele ser algo que deja un poso amargo y suele ser mal aceptado,  cuando no condenado, socialmente.
Está claro para mi que disponer sobre la propia vida  es una decisión libre y clara y no por ello difícil. Clara particularmente y no por ello menos dramática, en casos en que seguir vivo solamente puede acarrear mayor sufrimiento físico, como en el caso del Ramón de la película “Mar adentro” (Alejandro Amenabar, 2004), o en casos en que la muerte se ha producido ya a nivel cerebral y se  trata de desenchufar los prolongadores artificiales de la vida vegetativa.
Pero ¿y si se trata de una decisión tomada libremente porque ya la vida no vale la pena a quien la vive? Algunos profesionales de la psicología dirán que puede tratarse de una locura transitoria, de una depresión tratable y por tanto que hay que “curar” a esa persona que padece una “locura transitoria”. Los que comparten ideas y creencias “religiosas” pueden alegar que la enfermedad  es un sufrimiento que debemos aceptar, porque así lo quiere la divinidad que busca nuestro bien y que nosotros no somos capaces de alcanzar esa suprema visión…. Determinadas corrientes filosóficas argüirán que la vida es un valor soberano, el mayor desde el punto de vista axiológico y que ha de ser valorado y respetado por encima de las volubles e inconstantes valoraciones personales…
Ninguna de esas argumentaciones me vale al día de hoy. Al menos cuando se da una decisión libremente aceptada, hasta donde conozco el sentido de la palabra libertad.
Unos días después de la desaparición de A. fui casualmente al cine. Iba a ver un film y me equivoqué sincrónicamente de sala. El error me llevó a ver: “Cinco días sin Nora” (un film de la directora  mexicana Mariana Chenillo). Una mujer que se quita la vida, harta de sufrir emocionalmente, castigada por lo que podríamos llamar depresión profunda e incurable. El tema de la historia es la incomprensión ante el suicidio, de los familiares, de los amigos, de los religiosos (en este caso judíos).
Pero la protagonista ha preparado muy decentemente su partida, procurando no solamente no hacer daño, sino hacer el mayor bien al tiempo que está “quitándose de en medio”. La trama se va desarrollando de tal manera que acabé sintiendo un profundo respeto y cariño hacia la mujer, aún lamentando su muerte y entendiendo el enfado y la sensación de abandono de los que la rodeaban.
Y me ayudó mucho a entender a A.  y también mis propias sentimientos.
Me di cuenta de que, en un principio, había sentido enojo por la pérdida y frustración por no haber sabido “convencerle” de que permaneciera en este mundo hasta que le tocara la Parca. Había algo egoísta en  mi. Pero más tarde, y tras algunas sesiones de meditación y de reflexión, percibí la enorme libertad que esta persona se había dado, aún cuando haya podido causar dolor por su desaparición a mi y más todavía a personas bastante más cercanas a él  que yo mismo.
Desconozco a estas alturas si la libertad es una facultad real del humano o es simplemente una categoría filosófica, social, religiosa o incluso penal. Puede que, cuando lleguemos a tener mayores datos sobre el cerebro, tengamos perspectivas diferentes  y más certeras de las actuales.
Pero, suponiendo que esa  tal libertad exista, es decir que podamos tomar decisiones diferentes ante una misma situación, esa libertad conlleva para mi el disponer de la propia vida, como algo maravilloso sin duda, el mayor valor con casi total seguridad,  pero cuya administración nos corresponde de acuerdo con nuestras facultades.
Y dentro de ese margen de libertad, está calibrar si vivir o continuar viviendo es algo deseable, o ha dejado de serlo, tomando, en consecuencia, todos los elementos que componen nuestra vida, esa configuración, esa gestalt, que nos vincula a los otros y al universo entero.
Por supuesto que se trata de una opinión personal, fruto también de que no creo en ningún ser superior que opine lo contrario.
El escritor francés Albert Camus se atribuye la frase de que “lo único verdaderamente importante en este universo es decidir si uno quiere o no seguir viviendo” (probablemente hace una alusión mucho más directa al suicidio). Vivimos en un mundo lleno de contradicciones y de oposiciones, de las que destaco ahora simplemente amor y odio, placer y dolor, vida y muerte, creación e indiferencia… Vivimos una vida necesariamente limitada, en tiempo y en espacio. Y como mucho de un centenar de años. Para algunos, ese espacio/tiempo puede ser casi un paraíso. Para otros casi un infierno.
Nada nos obliga a estar vivos. Si lo estamos, puede ser por instinto, por amor, por responsabilidad, por deseo, por responsabilidad. Pero, ciertamente, no por obligación, ni porque alguien nos vaya a castigar si decidimos partir antes de lo que se supone que deberíamos. Sé que esto contradice muchos códigos. Actualmente no comulgo con ellos.
Para mi, la vida es un largo aprendizaje hacia la libertad y hacia la responsabilidad. Y, en este campo,  la libertad es llegar a tomar únicamente las determinaciones que hacen bien, a sí mismo y a los demás. Por libertad, no por deber ser.
No autorizo a los demás a tomar esas decisiones por mi. Al día de hoy, asumo totalmente esa “libertad” y pido a los que me quieren que la respeten y que me ayuden a llevarla a cabo. En la vida principalmente, pero también en la muerte.
Por eso tal vez,  siento paz al pensar ahora en A. Tomó su decisión y fue respetado en ella. También siento tristeza por su ausencia. Pero esa es mía, y muy probablemente no suya.
En el film de Nora, un rabino más sabio que otro acepta que sea enterrada con su familia y no relegada a un camposanto frío en donde yacen ateos y asesinos por igual. como pretendía la religión oficialista. El rabí le dice al hijo que busca un lugar decente de entierro para su madre, cuando le pregunta sobre la opción de  la difunta, estas sabias palabras: “solamente dios sabe lo que pasa por la mente de una persona cuando muere ¡quienes somos nosotros para juzgarla!”.
Descanse en paz A.
Y, para mi mismo, recuerdo que nadie muere. Simplemente unos se esfuman antes que otros.

19 de octubre de 2012


miércoles, 17 de octubre de 2012

El verdadero mito

"Ruego a "Dios" que me guarde de Dios
Meister Eckhart

El humán no vive directamente en la naturaleza o en contacto desnudo con ella, como los animales, sino dentro de un universo mitológico, un corpus de suposiciones y de creencias desarrolladas a partir de sus intereses existenciales. La mayor parte de ellos tienen una forma inconsciente....
N. Frye


Una de las tareas esenciales de quien quiere alcanzar la libertad, es decir la independencia de los introyectos que funcionan en lugar del si mismo, es profundizar en las  creencias, en las verdades relativas establecidos en nuestra mente a lo largo de nuestra vida, de nuestra herencia, de nuestra cultura. Y tras una (con frecuencia)  feroz lucha, poder  desembarazarse de todo aquello cuyo sentido ha sido sostener el miedo a percibir la realidad tal cual es, la pereza o indolencia para llevar a cabo una vida única o la mera representación de papeles sin enraizamiento en nuestro verdadero ser.
Es una tarea casi siempre lenta, que precisa de una enorme voluntad y de un espíritu libre. Tenemos grandes predecesores en la empresa y la historia de la humanidad, así como el ejemplo en la naturaleza nos puede ser de enorme ayuda. Sin embargo, generación tras generación la impronta de ese universo mitológico al que hace referencia la cita de Frye recaba de nuevo nuestra atención, o simplemente nos dejamos caer en lo inconsciente y olvidamos de nuevo el verdadero sentido.
A lo largo de miles de años, y desde los primeros símbolos paleolíticos, pasando por la Gran Madre neolítica, fusión de los principios masculino y femenino, encarnado por el principio solar y por el lunar, las religiones han ido ocupando espacios en el profundo Misterio de la vida.
"Dios" ha sustituido al principio divino, y el miedo ha transformado la fe en la experiencia personal  en fe sin experiencia .
Se nos priva -o nos privamos- así de un principio (representado por la obscuridad, el caos, lo femenino) y lo aceptamos de buen grado para seguir a un principio salvador, heredero de la dinastía patriarcal. Pero ese "salvador" (representado en la iglesia actual cristiana por Jesús) no puede substituir a la experiencia personal:  y los viejos miedos toman  refugio en lo más interno y se esconden para salir de nuevo en cuanto la inseguridad reaparece,
Las formas de encontrar los mecanismos paterno-maternos, que pueden trabajarse sicológica y emocionalmente,  han de proseguir recogiendo los contenidos inconscientes instaurados en cada uno a lo largo de la historia de la humanidad.
Algunos han pretendido hacer esto mediante el aprendizaje de las raices familiares.
Otros tratan de verlo en la forma de los enlaces o constelaciones que forman las familias.
Todo lo anterior puede servir y ser de utilidad. Pero sin embargo, el darse cuenta de nuestra procedencia en el sentido más amplio, de las consecuencias de la evolución en el planeta Tierra y en el Universo desde que conocemos su comienzo, los descubrimientos de la arqueología humana, creo que nos llevan a las más profundas raíces de nuestro ser.

Para mi este es el sentido de una búsqueda profunda y trascendente.

jueves, 11 de octubre de 2012

Cansancio

A veces el cansancio es el resultado de una situación indefinida en la que el yo no tiene una meta hacia donde dirigir su fuerza, su entusiasmo. 

Aunque el deseo puede ser la mayor fuente de desdicha, es también lo que nos mantiene con la atención puesta, con la energía en movimiento, con el nivel de stress necesario para crear una tensión de dentro a fuera y de afuera adentro.

En la era infantil el niño canaliza su deseo a través del juego , del aprendizaje, del ensayo/error. Un nivel adecuado de frustración crea la tensión, el contacto entre el sujeto y el mundo.

La adolescencia, ese tránsito entre el infante y el adulto, es el momento en que los deseos e ideales son puestos a prueba. El puber entra poco a poco en el mundo frustrante y objetivo del adulto y en la mayoría de los casos logra integrarse en la realiación de objetivos internos y externos. Mucho de la posterior sensación de plenitud depende de esta capacidad para realizar metas y objetivos, junto con una socialización e integración adecuada.

Vivimos estos años en un periodo que parece de transición entre objetivos que han quedado atrás y otros que no terminan de aclararse. Por ello, encuentrome con bastantes personas que me dicen que están cansadas, agotadas, desenergetizadas.
Y es el que el nivel de frustración es muy alto. Pocas personas trabajan, cuando lo hacen, en algo que les satisfaga y quedan colgadas de la esperanza de encontrar algo que les llene, que les guste, acaso sin darse cuenta de que es preciso poner gusto en lo que se hace, por escaso que resulte.
Necesitamos volver a jugar, que la actividad que realicemos, cualquiera que sea ,se vea recompensada por un nivel suficiente de contentamiento.
¡Dificil tarea en un momento en que tantos ni tiene  trabajo remunerado ni ven posibilidad de tenerlo!
Y entonces el cansancio, la fatiga, la frustración se apoderan del organismo y nada parece que valga la pena.
Es preciso revisar objetivos de acuerdo con las posibilidades reales, pues de lo contrario el organismo inventa un mecanismo todavía más duro, la depresión o la somatización, para tratar de llamar nuestra atención sobre como estamos afrontando la realidad.
Momentos en los que la amistad, la solidaridad, la creatividad, el juego, son más necesarios que nunca.
Atendamos por tanto al cansancio y veamos cual es el mensaje real.